Terrorismo y comunicación ¿nos encontramos ante un caso de éxito?

Andrea Frye, Grayling

Puede que estuvieras sentado contemplando el vaivén de las olas en la playa y revisando las últimas actualizaciones en redes, otros quizás acababan de levantarse de la siesta y adormilados miraban la hora y las últimas noticias en su móvil, a algunos simplemente les pilló en la oficina trabajando. De repente un hashtag llamaba la atención de todos, #LaRambla era trendingtopic en Twitter y empezaban a compartirse las primeras informaciones en Facebook.

El pasado 17 de agosto el terror sacudía con fuerza Barcelona, una de las ciudades más visitadas del mundo, esa misma noche volvía a azotar en Cambrils. Nos enteramos a través de las redes sociales, como si de un capítulo de Black Mirror se tratara, participamos y seguimos en directo a través de nuestras pantallas como se sucedían los fatales acontecimientos. Tanto es así que cuando el Conseller de Interior hacía su primera comparecencia y declaraba ante los medios que el atentado terrorista de Barcelona había dejado 1 muerto y 32 heridos, WhatsApp hervía de fotos y vídeos de contenido más que explícito en los que se veía claramente que  la cifra iba a ser mayor.

Nos enteramos a través de las redes sociales, como si de un capítulo de Black Mirror se tratara, participamos y seguimos en directo a través de nuestras pantallas cómo se sucedían los fatales acontecimientos

Al igual que las cruentas imágenes compartidas sin ningún tipo de control ético ni moral, los rumores tardaron apenas minutos en invadir nuestras redes mezclándose con los pocos datos veraces de los que se disponía y difuminando la realidad, pero ¿a quién le importaba? Las autoridades pedían de forma insistente que no se difundiesen imágenes o bulos del atentado ya que podían dificultar el desarrollo de la operación policial, faltar al respeto a las víctimas y familiares y acrecentar el caos y el pánico generalizado ¿Alguien hizo caso? Por lo visto todos estábamos sordos y ciegos, eso sí, ninguno mudo.

Pasadas las primeras horas de shock, surgió el debate y todos nos convertimos en psicólogos, sociólogos, expertos en seguridad ciudadana o en relaciones nacionales e internacionales. Al poco ya habíamos sacado las antorchas y los cuchillos, cada uno ocupando nuestra posición y dispuestos a dar estocadas a diestro y siniestro ofreciendo nuestra opinión, postura e insultos a quien nos convenía y como nos convenía, ya fuera en un plató de televisión, en los comentarios de las noticias digitales o en el muro de Facebook.

Para el terrorismo lo importante no son los daños materiales y muy a nuestro pesar, tampoco las vidas humanas; su estrategia es generar el mayor impacto social con mínimos recursos. Una campaña de comunicación centrada en el odio y el miedo para la cual se sirven tanto de los medios de comunicación como de las redes sociales con un éxito rotundo. Esta técnica de propaganda les ha convertido en muy poco tiempo en un fenómeno de masas, ocupando portadas, parrillas televisivas y copando todas nuestras redes.

Este tipo de violencia busca un  efecto  de amplificación  emocional,  los  grupos  terroristas  necesitan  que  sus  actos  y  atentados  sean cubiertos, que sus ideas sean publicadas, que las imágenes sean transmitidas, que lleguen a una audiencia masiva y tengan relevancia social. ¿Hasta qué punto somos culpables de su éxito? ¿Ha de prevalecer siempre el derecho a la información? ¿Dónde están los límites éticos en este tipo de situaciones? ¿Qué papel juegan las redes sociales? Desde el sector de la comunicación debemos reflexionar profundamente sobre estas y otras cuestiones, ya no solo como profesionales sino como seres humanos.

2017-11-20T13:41:31+00:00

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